¿Qué tan bien o mal puede reconstruirse un país? Tras el terremoto de Venezuela, las decisiones de las próximas semanas

El doble terremoto que sacudió a Venezuela el 24 de junio de 2026 ya es uno de los eventos sísmicos más destructivos en la historia reciente de Suramérica: dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5 separados por solo 39 segundos, más de 1.400 muertos reportados y pérdidas estimadas por la ONU en 6.700 millones de dólares.

La emergencia inmediata acapara —con razón— toda la atención. Pero la experiencia de otros países muestra que las decisiones tomadas en las primeras semanas y meses determinan si la reconstrucción toma tres años o quince.

Este artículo repasa qué hicieron bien los casos exitosos, qué hicieron mal los fracasos, y qué patrones se repiten en ambos.

El caso que mejor funcionó: Chile, 2010

El 27 de febrero de 2010 un terremoto de magnitud 8,8 y el tsunami posterior destruyeron o dañaron seriamente más de 200.000 viviendas en más de 900 localidades.

Nueve años después, el Ministerio de Vivienda había reconstruido el 99,8% de las viviendas afectadas, alrededor de 223.700 unidades. Un estudio de la Universidad de Berkeley citó a Chile como referente mundial en reconstrucción post-desastre, y el caso sigue siendo estudiado como modelo en escuelas de políticas públicas.

¿Qué hizo Chile distinto?

Diagnóstico rápido y plan integral. El gobierno entrante de Sebastián Piñera, que asumió apenas 11 días después del terremoto, elaboró de inmediato un diagnóstico de daños, un programa de financiamiento, una agenda legislativa específica y un plan de reconstrucción sectorial y regional. No improvisó sobre la marcha: tuvo un marco desde el inicio.

El subsidio habitacional como eje, no el crédito. Chile no le pidió a la gente que perdió su casa que se endeudara para reconstruirla.

Usó un sistema de subsidios directos del Estado, complementado con ahorro previo y crédito cuando era posible, pero el subsidio fue la base. Esto evitó que el desastre se convirtiera en una crisis de sobreendeudamiento para los más pobres.

Flexibilidad en la ejecución. La investigación de Berkeley identificó la flexibilidad en el diseño y ejecución de los programas como un factor clave del éxito: el gobierno ajustó instrumentos sobre la marcha según lo que funcionaba en cada territorio, en lugar de aplicar una receta única.

Construcción antisísmica como estándar, no como excepción.

La reconstrucción se aprovechó para exportar después tecnología antisísmica a Perú, Colombia, Guatemala y Nueva Zelanda. Chile no solo reconstruyó: usó la crisis para mejorar el estándar de construcción del país.

Coordinación multinivel. Se fortaleció el rol de los gobiernos regionales en la inversión territorial, en lugar de centralizar todas las decisiones en el gobierno nacional. Esto permitió adaptar la reconstrucción a la realidad de cada zona.

El caso que peor funcionó: Haití, 2010

El mismo año que Chile, un terremoto de magnitud 7,0 devastó Puerto Príncipe y dejó más de 200.000 muertos.

Quince años después, la reconstrucción sigue siendo, por consenso casi unánime de analistas, un fracaso.

A fines de 2012 —casi tres años después— todavía había 357.000 personas viviendo en campamentos de tiendas de campaña. Cuatro años después del sismo, más de 170.000 personas seguían en más de 300 campamentos para desplazados, muchos sin acceso a agua limpia o saneamiento.

¿Qué salió mal?

El Estado no tenía capacidad para liderar, y la comunidad internacional lo desplazó en lugar de fortalecerlo. El gobierno haitiano fue directamente afectado por la catástrofe —perdió infraestructura y personal— y no estaba preparado para coordinar una respuesta de esa escala.

La comunidad internacional, en lugar de invertir en reconstruir esa capacidad estatal, terminó actuando en paralelo al Estado. Menos del 1% de la ayuda internacional se canalizó hacia el sector público haitiano.

Desalojos forzosos sin reparación. Amnistía Internacional documentó que miles de personas que perdieron su hogar en el terremoto fueron luego desalojadas de los campamentos donde se habían refugiado, sin que el gobierno haya judicializado responsables ni reparado a las víctimas años después.

El desastre reveló (y agravó) una fragilidad preexistente.

Antes del terremoto, el 55% de los haitianos vivía con menos de 1,25 dólares al día y el Banco Mundial ya describía a Haití como un Estado frágil.

El terremoto no creó esos problemas, los expuso y los profundizó, porque la reconstrucción no se diseñó para atacar las causas estructurales, solo para reponer lo perdido.

Sin un plan único y sostenido. La ayuda internacional llegó masivamente pero de forma fragmentada, sin un instrumento de coordinación tan claro como el plan chileno.

El resultado fue una multiplicidad de actores haciendo cosas distintas, muchas veces sin continuidad en el tiempo.

El patrón que se repite

Comparar ambos casos deja unas líneas muy claras, y son las que más importan para alguien en posición de tomar decisiones ahora mismo:

Lo que distingue a una reconstrucción exitosa de una fallida no es cuánto dinero llega, sino si existe una institución capaz de coordinarlo y un plan que la gente pueda seguir. Haití recibió ayuda internacional masiva y aun así fracasó, en parte porque esa ayuda nunca pasó por un Estado fortalecido.

Chile, con menos ayuda externa proporcional a su economía, tuvo un plan propio desde el día uno.

El subsidio a la vivienda funciona mejor que el endeudamiento forzoso. Pedirle a alguien que perdió todo que se endeude para recuperarlo multiplica el sufrimiento y reduce las probabilidades de que la reconstrucción se complete.

La velocidad del diagnóstico inicial condiciona todo lo que sigue. Chile tuvo un catastro y un plan en semanas. Cuando el diagnóstico tarda meses o años, la ayuda se dispersa y pierde efectividad.

Reconstruir igual que antes es desperdiciar la oportunidad. Los casos exitosos usan la reconstrucción para subir el estándar (normas sismorresistentes, mejor planificación urbana), no solo para reponer lo que había.

La coordinación con entes multilaterales debe fortalecer al Estado local, no sustituirlo. El Banco Mundial, el BID, la ONU y las ONG son más efectivos cuando trabajan a través de instituciones locales con capacidad de ejecución, y mucho menos efectivos cuando operan en paralelo a un Estado debilitado, por bien intencionados que sean.

El eslabón que falta en muchos diagnósticos: la banca y el sector privado como ejecutores del subsidio

Un error común al diseñar la respuesta es asumir que «subsidio» significa que el Estado debe manejar todo el proceso, desde el diagnóstico hasta el desembolso.

En la práctica, ningún Estado con su capacidad administrativa debilitada por una crisis —y Venezuela llega a este terremoto ya debilitada por años de hiperinflación y erosión institucional— tiene la capilaridad para identificar, verificar y pagarle directamente a cientos de miles de familias.

Ahí es donde la banca privada y el sector productivo pueden ser un eslabón decisivo, sin que eso implique que asumen el riesgo del subsidio.

El banco como agente ejecutor, no como financista del riesgo

En el modelo chileno, la banca y las cajas de compensación participaron activamente en la administración de los subsidios habitacionales: el Estado pone los recursos, pero las instituciones financieras usan su red de sucursales, sus sistemas de verificación de identidad y su conocimiento de los clientes para identificar beneficiarios, procesar la documentación y ejecutar el desembolso.

El banco no presta su propio capital ni asume el riesgo de impago, presta su infraestructura operativa.

Pago directo a proveedores certificados, no en efectivo al beneficiario. Cuando el subsidio se canaliza directamente hacia constructoras, ferreterías o proveedores de materiales certificados (en vez de entregar efectivo a la familia afectada), se reduce drásticamente el riesgo de desvío de fondos hacia otros usos y se garantiza que el dinero efectivamente se traduce en metros cuadrados reconstruidos.

Esto también dinamiza al sector privado de la construcción desde el primer momento, en lugar de esperar a que la reconstrucción «llegue» después.

Alianzas con la diáspora a través de la banca

Dado que una porción importante del financiamiento de reconstrucción en Venezuela probablemente venga de remesas y no de fondos públicos o multilaterales, los bancos pueden diseñar productos específicos: cuentas dedicadas a reconstrucción con beneficios fiscales o cambiarios, créditos co-firmados entre el familiar en el exterior y el beneficiario local, o mecanismos donde el banco verifica que el giro efectivamente se destina a vivienda.

Beneficio mutuo, no filantropía pura

Para el banco, participar como agente ejecutor de subsidios no es solo responsabilidad social: es una forma de reconstruir relación con cientos de miles de clientes potenciales que, una vez resuelta su situación habitacional, vuelven a ser sujetos de crédito para otros productos (seguros, tarjetas, financiamiento de pequeños negocios).

Los bancos que se posicionan temprano como socios de la reconstrucción —y no solo como prestamistas tradicionales— suelen salir de estas crisis con una base de clientes más leal y diversificada.

El riesgo a evitar: que el subsidio sin intermediación termine donde terminó en Haití, donde más del 1% de la ayuda llegó al sector público y gran parte del resto se dispersó sin un canal de ejecución claro ni trazabilidad.

Un esquema con bancos y proveedores certificados como ejecutores, y el Estado u organismos multilaterales como financistas, es estructuralmente más parecido al modelo chileno que funcionó que al modelo haitiano que fracasó.

Lo que esto significa para Venezuela

El contexto venezolano combina elementos de ambos casos, y eso es justamente lo que debe preocupar a quienes están cerca de la toma de decisiones.

Como Chile, Venezuela tiene cuadros técnicos, ingeniería y capacidad institucional histórica.

Como Haití, atraviesa una crisis económica y política prolongada, con acceso limitado a financiamiento internacional por la situación de sanciones y relaciones diplomáticas, y una capacidad fiscal del Estado muy debilitada tras años de hiperinflación.

Esto sugiere algunas prioridades concretas para los próximos meses:

Un catastro de daños rápido, georreferenciado y públicamente auditable, antes de que la ayuda empiece a fluir sin control, para que la asistencia llegue donde realmente se necesita y se pueda rendir cuentas de cada subsidio o crédito otorgado.

Buscar fórmulas de financiamiento multilateral que no dependan exclusivamente de canales gubernamentales tradicionales, dado el contexto de sanciones: fondos fiduciarios administrados por organismos como el PNUD, alianzas con la diáspora venezolana para canalizar remesas hacia reconstrucción, y posible participación de la banca privada como intermediaria de programas internacionales.

Evitar que la reconstrucción de vivienda dependa solo de crédito bancario tradicional. La experiencia chilena indica que el subsidio directo, no el préstamo, debe ser la base para los sectores más vulnerables, pero eso no excluye a la banca: puede y debe participar como ejecutora del subsidio, no como su financista de riesgo.

Diseñar desde ya el esquema de ejecución del subsidio junto con la banca privada y el sector de la construcción, antes de que la ayuda internacional empiece a llegar sin un canal claro de distribución.

Definir quién verifica, quién paga y a quién se le paga (familia o proveedor certificado) es tan importante como conseguir el financiamiento mismo.

Aprovechar la reconstrucción para exigir estándares sismorresistentes, dado que la zona afectada está sobre un sistema de fallas activo (Boconó, San Sebastián, El Pilar) con historial de sismos recurrentes, incluyendo otro doblete sísmico apenas en septiembre de 2025.

Ningún país recupera lo perdido en un terremoto solo con buena voluntad.

Lo recupera con instituciones que funcionan, planes que se sostienen en el tiempo, y decisiones tomadas rápido pero con datos, no con improvisación.

Esa es la diferencia, documentada una y otra vez, entre Chile y Haití.

Acerca de Ibrahim Velutini Sosa

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