Del buen salvaje al buen revolucionario: la herejía que hoy es sentido común

Conocí Del buen salvaje al buen revolucionario, de Carlos Rangel, siendo muy joven. Lo leí, o lo hojeé, sin calibrar su verdadero peso. Volví a él años después, con Venezuela ya convertida en la crisis migratoria más grande del hemisferio sin estar en guerra, y entendí lo que de joven no podía ver: este libro de 1976 no era una pieza de la Guerra Fría, era el diagnóstico exacto de lo que nos iba a pasar.

Cuando Rangel lo publicó, la intelectualidad latinoamericana tenía otra biblia: Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, que explicaba nuestra pobreza como el resultado inevitable del imperialismo. Rangel dijo lo contrario y le quemaron libros en la Universidad Central de Venezuela. Su tesis: no somos pobres porque otros sean ricos, sino porque construimos instituciones que impiden la prosperidad y preferimos culpar afuera antes que mirar adentro.

Lo que lo hizo radical

Sus ideas más incómodas siguen siendo, medio siglo después, las menos repetidas en el debate público:

  • Desmontó la teoría de la dependencia cuando culpar al imperialismo era casi obligatorio para cualquier intelectual serio de la región.
  • Identificó un patrón mítico, no una conspiración: América Latina no cambió de método, solo de personaje. El «buen salvaje» idealizado de la Ilustración mutó en el «buen revolucionario» del siglo XX, pero en ambos casos se seguía esperando un redentor externo en lugar de responsabilidad propia.
  • Defendió Occidente sin complejos, cuando el mercado y la democracia liberal se consideraban imposiciones ajenas.
  • Rechazó el fatalismo: para él, el subdesarrollo era una elección política sostenida en el tiempo, no un destino geográfico.

Tres advertencias, un mismo diagnóstico

Rangel no estaba solo. Carlos Andrés Pérez entendió, tarde y a un costo político altísimo, que el modelo rentista venezolano era insostenible, y su «Gran Viraje» lo enfrentó a las mismas fuerzas populistas que después llevarían a Chávez al poder. Ronald Reagan sostuvo frente a la URSS que un sistema sin propiedad privada no era una alternativa moral al capitalismo, sino una maquinaria de escasez, en un momento en que buena parte de la academia occidental lo consideraba simplista. Los tres llegaron a la misma conclusión desde ángulos distintos: el populismo y el socialismo no son un camino alternativo al desarrollo, son la forma más eficiente de destruirlo.

Chile y Cuba: el experimento con grupo de control

Compartían idioma, tradición colonial y, a mediados del siglo XX, niveles de desarrollo comparables. Sus caminos se separaron después de 1959 y 1973. Hoy Chile tiene el segundo PIB per cápita más alto de América Latina; Cuba arrastra decrecimiento económico y seis décadas de racionamiento. No es una comparación entre buenos y malos —Chile tiene sus propias heridas, incluida la dictadura de Pinochet—, pero sobre qué modelo produjo prosperidad sostenida, la evidencia es difícil de discutir.

¿Qué hicieron distinto Estados Unidos y Canadá?

No es una respuesta cultural ni racial. Estados Unidos y Canadá construyeron, desde su fundación, propiedad privada protegida por tribunales independientes y límites reales al poder político. Aquí conviene no caer en un reduccionismo fácil contra España: la hazaña de fundar, en apenas seis décadas, ciudades que siguen habitadas hoy, y de extender la lengua y la fe cristiana a un continente, fue un logro civilizatorio enorme. Esa misma tradición formó, generaciones después, a Bolívar, Andrés Bello, San Martín, Miranda y Santander, educados en la Ilustración y soñando con repúblicas libres. El problema no fue la herencia española en bloque, sino un diseño institucional muy concreto del período colonial —una economía de minería y encomiendas, pensada para extraer riqueza hacia la metrópoli— que sobrevivió a la independencia y se reprodujo en las repúblicas siguientes, incluso bajo líderes que soñaban con lo contrario.

La libre empresa no reduce la pobreza por ser una ideología simpática. La reduce porque un empresario solo invierte si tiene certeza de que no le van a confiscar el negocio mañana. Donde esa certeza existe, la inversión se queda. Donde no —Venezuela es el caso más brutal— el capital y la gente huyen.

La oportunidad de Venezuela

Venezuela tiene hoy una ventana que pocas veces se repite en la historia de un país. La pregunta no es solo cómo salir del chavismo, sino qué construir después: seguridad jurídica sobre la propiedad, separación real de poderes, una economía abierta que no se regale a una nueva élite de compinches, y resistir la tentación de reemplazar un salvador providencial por otro. Los populistas rara vez se anuncian como enemigos de la democracia; llegan usando sus propios mecanismos —elecciones, plebiscitos, asambleas constituyentes— para después vaciarlos de contenido y no soltar el poder nunca más. Por eso la nueva institucionalidad venezolana tiene que blindarse contra esa tentación desde el diseño, no confiarlo a la buena voluntad de quien gobierne.

Mi padre solía decir que, a la hora de decidir, siempre había que tomar el camino más difícil, no el más fácil. Pocas frases resumen mejor lo que le queda por hacer a Venezuela. La opción fácil es la de siempre: un nuevo caudillo, un nuevo enemigo externo, una nueva promesa de reparto sin producción. La difícil es construir instituciones aburridas pero sólidas, que sobrevivan a quien esté en el poder. Ningún país ha prosperado eligiendo la primera.

Acerca de Ibrahim Velutini Sosa

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